Está claro que las desgracias no son comparables, porque el sufrimiento no se puede trasladar a otro ser humano. Sufres más tú si te cortas un dedo en la cocina picando cebollas que viendo una foto de Hiroshima.
En estos dos meses después del accidente tuve que trabajar y mientras tanto me despreocupé de un par de asuntos bastante importantes: desatendí unas heridas en la mano y en el brazo que me van a dejar más cicatrices de las previstas, y no fui a ver a los cirujanos que me abrieron la cabeza para comentarles que no recupero la sensibilidad en más de medio cráneo, que no me crece el pelo en una zona amplia y que sangro por las noches y dejo la almohada perdida. ¿Qué es este trabajo al que me dedico, que es capaz de joderme vivo?
Descreamos de la gente que lo ha vivido todo, porque cada situación debería volver a vivirse y disfrutarse mil veces. No hay dos viajes de avión comparables, ni dos segundos de sexo con la misma persona iguales. Y un libro cojonudo cambia cada año, si es que lo relees.
Tendría que avergonzarme de pocas cosas. No es una broma, ¿sabes? Mucha gente dice que no se avergüenza de nada de lo que ha hecho y esa gente no me gusta nada. Prefiero a los que se hacen preguntas. Pero también conocí a gente que se cuestionaba cada gesto, a los mártires de sí mismos. Y me aburrieron.
Me voy por las ramas. Sólo tengo una cosa de que avergonzarme: creo que no me he fijado lo suficientemente en ti, que no te he mirado como te merecías. Mi forma de mirar, siempre incompleta. Incompleta en el peor de los sentidos. A veces doy mil detalles y consigo pasar por un gran observador. Pero yo hablo de aprovechar esos momentos tuyos que ponen la carne de gallina. Porque tú puedes poner la carne de gallina a cualquiera. Sí, tú puedes. Yo no puedo. Pero tú si que puedes. Lo diré una vez más: lo único que me avergüenza de toda mi existencia.. ¿te lo digo? No haberme fijado en tí con hondura y serenidad.
R.G.
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