Pasamos la tarde en la
sala de espera de un hospital de Barcelona por unos ibuprofenos y unos
paracetamoles. Si no tienes dinero para ir al circo, ve a la sala de espera de
un hospital cualquiera en el centro de Barcelona.
Los sábados por la tarde, la sanidad pública solo
autoriza la apertura de cuatro centros médicos en toda la ciudad. La densidad
de enfermos es tal que la gente con problemas leves prefiere esperar hasta el
domingo o el lunes por la mañana para ir a visitar al médico. Por esta razón,
la cantidad de enfermos con problemas más serios se multiplica.
Así, llegamos a ver muy de cerca a la diabética de
la silla de ruedas. Esta señora tenía los dos pies enfermos, vendados e
inutilizables, y estaba sentada en una vieja silla de ruedas que, con mucha generosidad
le había prestado el hospital para salir de la consulta del médico.
Y ahí estaba. En ese punto la conocimos, de lejos, como espectadores de su patética situación. Sola. Sola en medio de una sala de
espera cualquiera, la reina de los monstruos en aquella tarde de carnaval. Sola
rodeada de gente fea, gente vulgar, gente hortera, sucia, maleducada… Salvo por
aquel drogadicto con mono de pastillas que no dejaba de pasearse por el hospital moviendo los
pies alternadamente sobre su sitio, el lugar estaba lleno de personas que
acompañaban a otras personas. Había muchos viejos. Muchas parejas de viejos en
las que a veces era difícil determinar cuál de los dos era el enfermo y cuál el
acompañante. Probablemente fueran los dos, las dos cosas. Se apoyaban los unos en los otros
como dos árboles muertos a punto de romperse. “¿Cuál se caerá primero?" Pensé en
un principio. Luego entendí que, al fin y al cabo, daba lo mismo, porque en
cuanto uno cayera, el otro no duraría mucho de pie. Aunque, a diferencia del
primero, morirá solo, en una agonía desatendida falta de cualquier tipo de
calor o de cariño humano.
Esa agonía era la que acababa de llamar a la puerta
de la diabética de la silla de ruedas. Con sus pies hinchados metidos en bolsas
de supermercado, rozaba las baldosas de la sala de espera.
“Sala de
espera”. Así se llama.
- Disculpe, llevo tres horas aquí y todavía no me
han llamado. ¿Hay algún problema?
- Ningún problema. Esto es una sala de espera. Espere.
- Ningún problema. Esto es una sala de espera. Espere.
Sala de espera se le llama al sitio donde las
personas solas y enfermas buscan una última mirada de complicidad a la que atarse para no
estar completamente solas en su espera de la muerte a la que están, casi seguro, condenadas.
Un taxista vino a hablar con ella. Le propuso
llevarla a casa. El problema era que la silla era del hospital y que en
cualquier caso, no cabría en el ascensor de su casa. Discutían. El taxista, el
vigilante y la diabética de la silla de ruedas. Discutían sobre cómo llevarla a
casa y qué hacer con la silla que, al fin y al cabo, no era suya. Discutían
sobre esto y la diabética alargaba la discusión porque sabía que si llegaba a su
casa, sería el fin. Aunque el taxista, con tanta bondad, la ayudara a subir a su
piso e incluso llegara a volver al hospital a devolver la silla, la diabética
de la silla de ruedas estaba condenada. Condenada, irremediablemente, a morir sola.
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