domingo, 31 de marzo de 2013

Mugga - The Monster

"El Columplio" - Álvaro Fdez. Armero

Ambulatori, sábado por la tarde


Pasamos la tarde en la sala de espera de un hospital de Barcelona por unos ibuprofenos y unos paracetamoles. Si no tienes dinero para ir al circo, ve a la sala de espera de un hospital cualquiera en el centro de Barcelona.
Los sábados por la tarde, la sanidad pública solo autoriza la apertura de cuatro centros médicos en toda la ciudad. La densidad de enfermos es tal que la gente con problemas leves prefiere esperar hasta el domingo o el lunes por la mañana para ir a visitar al médico. Por esta razón, la cantidad de enfermos con problemas más serios se multiplica.
Así, llegamos a ver muy de cerca a la diabética de la silla de ruedas. Esta señora tenía los dos pies enfermos, vendados e inutilizables, y estaba sentada en una vieja silla de ruedas que, con mucha generosidad le había prestado el hospital para salir de la consulta del médico.
Y ahí estaba. En ese punto la conocimos, de lejos, como espectadores de su patética situación. Sola. Sola en medio de una sala de espera cualquiera, la reina de los monstruos en aquella tarde de carnaval. Sola rodeada de gente fea, gente vulgar, gente hortera, sucia, maleducada… Salvo por aquel drogadicto con mono de pastillas que no dejaba de pasearse por el hospital moviendo los pies alternadamente sobre su sitio, el lugar estaba lleno de personas que acompañaban a otras personas. Había muchos viejos. Muchas parejas de viejos en las que a veces era difícil determinar cuál de los dos era el enfermo y cuál el acompañante. Probablemente fueran los dos, las dos cosas. Se apoyaban los unos en los otros como dos árboles muertos a punto de romperse. “¿Cuál se caerá primero?" Pensé en un principio. Luego entendí que, al fin y al cabo, daba lo mismo, porque en cuanto uno cayera, el otro no duraría mucho de pie. Aunque, a diferencia del primero, morirá solo, en una agonía desatendida falta de cualquier tipo de calor o de cariño humano.
Esa agonía era la que acababa de llamar a la puerta de la diabética de la silla de ruedas. Con sus pies hinchados metidos en bolsas de supermercado, rozaba las baldosas de la sala de espera.
 “Sala de espera”. Así se llama.
- Disculpe, llevo tres horas aquí y todavía no me han llamado. ¿Hay algún problema?
- Ningún problema. Esto es una sala de espera. Espere.
Sala de espera se le llama al sitio donde las personas solas y enfermas buscan una última mirada de complicidad a la que atarse para no estar completamente solas en su espera de la muerte a la que están, casi seguro, condenadas.
Un taxista vino a hablar con ella. Le propuso llevarla a casa. El problema era que la silla era del hospital y que en cualquier caso, no cabría en el ascensor de su casa. Discutían. El taxista, el vigilante y la diabética de la silla de ruedas. Discutían sobre cómo llevarla a casa y qué hacer con la silla que, al fin y al cabo, no era suya. Discutían sobre esto y la diabética alargaba la discusión porque sabía que si llegaba a su casa, sería el fin. Aunque el taxista, con tanta bondad, la ayudara a subir a su piso e incluso llegara a volver al hospital a devolver la silla, la diabética de la silla de ruedas estaba condenada. Condenada, irremediablemente, a morir sola.